Quizás la expectativa era algo exagerada. Por su trayectoria, por su labia, por sus maneras, por salir en la tele, por las 4 horas de viaje. O por la misma emoción de estar allí. Niceto vio, comió y sintió para después contarlo.

Vio un caserío imponente y almenado por fuera que coronaba la playa de Zarautz. Y un lugar normal, tradicional y clásico por dentro. Como cualquier otro a pie de playa. Bar, a la entrada, restaurante al fondo, tan natural como Karlos. Suelo de cerámica, tonos cálidos, crema, magenta. Columnas y arcos. Cristaleras de separación, sillas de antaño, platos en la pared, muebles de época y lámparas de ayer. Sin ningún exceso creativo. Tan costumbrista como la clientela. Se apreciaba del lugar, de la zona, pese a ser día festivo. Y ya contaban años, más de treinta.

El mejor ornamento era el gigante cuadro viviente que proyectaban los ventanales: la arena, la brisa, la playa, un niño, una sonrisa y el sol.

Comió un ravioli relleno de puerro y setas de temporada con salsa pesto (14 euros, dos). Original, pero soso, algo pobre y la pasta del ravioli demasiado cocida. No fue una gran elección. Hubieran sido mejor los canelones fritos de vieiras, gambas y puerros, aunque también fueran solo dos.

Eso de entrante. Y de segundo, Niceto probó el bacalao de ella 🙂 al pil-pil y a la vizcaina (14,50 euros). Correcto, sin más. Mejor el sabor de las salsa, que el del propio pez, algo tirante.

Y Niceto comió cochinillo. Sí, no es muy de la zona, pero si está en carta de Karlos Arguiñano, se presupone especial. Cochinillo asado con agridulce de raff (16 euros). Primó la presentación al sabor. Tiene mejor pinta en la imagen que en el paladar. Estaba fuera de su hábitat, sin su propia salsa. Desarraigado de su ser y puesto encima de un poco de puré de patata y algo de salsa raff: de tomate, suponemos que casera. Quizás estaba recalentado, no lloraba al sentir el cuchillo. Si Cándido levantara la cabeza. Pasable, pero no especial como se suponía.

Lo arregló el postre. Un 10. Torrija caramelizada con helado de vainilla. Muy cara (8 euros), pero sublime. Dulce, crujiente, fría y caliente. Un espectáculo.

Y así sintió Niceto que para valorar un restaurante no basta con saborear dos o tres platos. Se quedó con ganas de más, pero la tripa estaba medio llena y el bolsillo vacío. Quizás haya que volver para una segunda inspección, pero que sea entrado el verano, con más ahorros y con el ánimo más predispuesto. Agur, de nuevo.

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