Ya estuvimos y no nos apasionó, pero el destino le dio y nos dio una segunda oportunidad. Volvimos en un día especial de forma inesperada y atropellada, sin grandes expectativas en cuanto a la comida en sí, pero emocionados por lo que guardábamos en el maletero aquel día lluvioso de mayo. Había ganas de disfrutar, hablar, olvidar, recordar, beber, comer y volver a beber.

Ayudó la cortesía del encargado e influyó en nuestro entusiasmo que nos invitara a una copa de vino blanco y al postre. Así nos fuimos de felices y agradecidos. Pero no hay felicidad completa con el estómago a disgusto. Nos dejamos aconsejar, por primera vez en mucho tiempo, y salimos del Nolita con la sonrisa del satisfecho.

Ella me convenció para pedir una ensalada de entrante y el encargado me vendió ‘La ensalada de burrata con aceite de trufa’ (14€), que estaba fuera de carta. Yo no lo acababa de ver claro, hasta que llegó el plato: una base de tomate natural, rúcula por encima, desmigado de jamón serrano esparcido y una bola gigante de queso blanco, que atrajo las miradas indiscretas y que a mí me sacó el primer: ‘¡Oh!’, a pesar de que aún estaba con la primera copa de vino.

Rompimos el saco de queso y descubrimos un corazón blanco y cremoso que empezó a caer lentamente por encima de la rúcula. El aceite de trufa completó el sabor y las dos texturas del queso de vaca típico del sur de Italia convirtió una ensalada aparentemente anodina, en un espectáculo para el paladar. Fue la primera sorpresa.

Porque luego vinieron los ‘Chipirones a la plancha con risotto de verduras, bacon y parmesano’ (10,90€). Fue capricho mío, por un antiguo antojo que tenía. Los chipirones, perfectos; el risotto, sublime. Con coloretes sospechosos y una sonrisilla tonta dijimos: “Basta”. Y la ‘Calzone Nolita de carbonara, huevo, bacon y crema de boletus’ (9,90€) la dejamos para llevar, por si me levantaba con hambre a media noche.

Para cerrar boca, el encargado se esmeró en traernos un postre con una vela simbólica encendida. Era la trigésima o enésima vez que ella soplaba. A veces un detalle, una palabra, un gesto, una sonrisa o un trato cortés marca la diferencia del bien y el mal: de volver o no volver, de alabar o criticar, de recomendar o despreciar. De recordarlo o quererlo olvidar. Y aquí está. Por cierto, Niceto aguardó en casa, pensativo.

Restaurante Nolita. Manuel Pombo Angulo 10, Madrid.

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Días después, Niceto salió a la calle en busca de una ‘burrata’. La encontró ella en la quesería del Mercado de San Antón. ‘¿Me pone una burrata, por favor?’ y la conseguimos. Oscila entre 4 y 5 euros y la podemos encontrar en tiendas muy concretas, especializadas o gourmet. Así la venden y así es.

Así que Niceto copió la ensalada de Nolita y no la desmereció. Calentó el jamón para potenciar el sabor y cambió el aceite de trufa por vinagre de trufa para aprovechar los recursos existentes. Por unos 6 euros, disfrutamos en casa de la ensalada que nos costó 14 en el Nolita y que tanto nos agradó. La volveremos a hacer.

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