No conozco postre más fácil y, proporcionalmente, más rico. Es una debilidad, un capricho entre horas. No puedo parar de mirarlos, cogerlos, dejarlos y al final, irremediablemente, volver a cogerlos con la culpa del que peca. Quizás sea mejor no hacerlos. Niceto se ríe y ella me regaña. Para desayunar, para picar, después de comer, en el café, para merendar, en la cena, para calmar ansias antes de dormir. Qué dulce castigo.

Encima sólo tarda cinco o diez minutos en hacerlos, con cara de cabroncete sospechoso. Niceto lo hace fácil. Coge una placa descongelada de hojaldre, corta pequeños rectángulos o cuadrados, los asienta en un papel de horno sobre la bandeja y los pone a 180º, si los pretende más tostados, o a 150º, si los quiere más blancos.

Cuando se elevan, suben y crecen, los saca. Una vez fríos, o medio fríos, los corta por la mitad y los rellena de crema de chocolate, nocilla o nutella en tubo para facilitar la operación. Cuando están todos dispuestos, les deja caer un manto negro de cacao en polvo esparcido con una coladera. Y ‘voila’, un postre para todo y para cualquier momento. No se creerán que son caseros. “Que tiemblen los de La Roda”, dice Niceto.

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