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Salimos de Ávila al amanecer, tras una foto y un beso. Entramos en la provincia de Salamanca y paramos en Ciudad Rodrigo, fortaleza fronteriza de ilustre tradición guerrera. Un café, nubes de preocupación en julio y reanudamos la marcha, ambos de negro y sin prisa.

Alcanzamos la costa entre Oporto y Vila do Conde, el termómetro descendía y los kilómetros sumaban. Aveleda, Amorim, A Vero o Mar hasta llegar a Apúlia (Praia Hotel), primer lugar de destino. Con una hora menos y ganas de más, desafiamos a los 20 grados y fuimos a la playa de Esposende, eterna y vacía, estaba flanqueada por extensas dunas e inapropiados mirones. Nosotros disfrutamos del tiempo, del horizonte, de la soledad, del descanso, de un picnic con helado y hasta del agua, congelada y revitalizadora. Atrás quedaron el trabajo, el estrés, los nervios y las responsabilidades. Todo se olvidó rezagado en la carretera. Sólo existíamos nosotros, el sol y también los mirones.

De vuelta a Apúlia, soplamos los molinos, nos bebimos el tiempo, agradecimos el frío y nos comimos Portugal, en ‘Barco Velho’, a pie de carretera: chorizo a la brasa, mejillones con cosas, un costillar con patatas, arroz ‘frijolado’ que nadie pidió y secreto ‘ibérico’. De postre, un almax para compartir.

Al día siguiente, tras pasar por Viana do Castelo y pueblecitos portugueses de otra época, llegamos a Nigrán. Conocimos su playa pero nos echó el viento y el frío. La recompensa fue descubrir un pueblo de leyenda: Baiona, el primero que supo del avistamiento de América cuando el 1 de marzo de 1493 recibió en su puerto a la ‘Carabela La Pinta’, comandada por Martín Alonso Pinzón. Sentimos la historia y paseamos por las calles de Baiona. El punto aciago fue una mariscada que nos vendieron como fresca y a bajo precio, y que resultó reseca. Nos falló el ojo y nos venció el apetito.

Paraíso en las Ons

De Baiona viajamos a las Islas Ons, en un barco con desconocidos y abrigados hasta con cazadoras. Cortaba el aire. Pero al llegar se abrió el cielo, salió el sol y el peñasco que se eleva en la isla nos evitó el viento. Se paró el reloj y conocimos el paraíso en las Ons: agua transparente, arena refinada, mar y montaña, mosaicos verdes, esculturas de piedra… Virginidad y candidez. Creíamos ser los primeros en habitarlo, los descubridores de aquella belleza natural. Exploramos, corrimos y escalamos. También nos dormimos en su reluciente playa y nos bañamos en su mar de cristal.

Hubo lágrimas de nostalgia a la vuelta, en el cielo y en nuestro alma. Por la tarde atracamos de nuevo en Baiona, nos despedimos de la Pinta y nos subimos en el Megane con destino a Sanxenxo. El mismo día, 13 de julio, pasamos del edén natural de las Ons al infierno de un hotel ruinoso y mugriento (Con d’Arbon) que habíamos cogido de forma precipitada y sin reflexión. Nos llenamos de valor tras renunciar a una ensalada sospechosa, fiambre de algún día y pescado para sin dientes y dijimos: “Señores, nos vamos”.

Así, a las 22 de la noche y sin cenar, nos encontrábamos tirados en una carretera entre Sanxenxo y Portonovo, sin lugar donde dormir. Fue emocionante y divertido. Solo podíamos reír. Como consideración a nuestra locura, nos dimos un homenaje de un día en un hotel con encanto y varias estrellas. “¿Tienen habitación para esta noche? Pues nos quedamos”. El cambio fue radical, de la Colonia Marconi a La Finca. Era el hotel Abeiras, un pazo de piedra, rústico y elegante, con jardines a la entrada y un desayuno que nunca olvidaremos. Antes de ir a nuestros improvisados aposentos, cenamos en una pizzeria en torno a las doce de la noche, cuando ya enfundaban la fregona. Solos en las mesas, nos dio tiempo a soplar velas y cantar con un nuevo amigo sudamericano de mirada confusa llamado Eduardo. Casualidades de la vida.

El 14 de julio lo pasamos al borde del abismo. En las rocas donde se acaba Galicia y desembocan las rías (Pedras Negras). Aislados del mundo y con un bocadillo de algo. Fue especial, inenarrable. Por la noche, cenamos de lujo en el puerto de O’Grove: cigalas, vieiras, zamburiñas, mejilones… Y al día siguiente excursionamos a las Islas Cíes desde Portonovo. Es otro paraíso terrenal, con más nombre que las Ons y por tanto con menos paz y serenidad. Pero igual de bellas.

En el viaje de vuelta a casa, bajamos por Pontevedra y Vigo. Todo fue un ‘deja vu’ de nuestra primera escapada a Galicia allá por el año 2008 cuando conocimos Santiago de Compostela, Cambados, Combarro, La Toja… y otra vez O’Grove, Sanxenxo, Portonovo, Pontevedra… Habrá una tercera vez, seguro.

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