Ahora sé lo que siente Pedro Martínez de la Rosa cuando es adelantado por todos. Un Fiat Panda fue el motor de nuestro viaje al Algarve. Fuimos lentos pero felices. Arrancamos en el aeropuerto de Faro y dormimos en la ciudad. Al día siguiente, a la Marinha y Carvoeiro por miles de autopistas con peaje y con Radio Comercial a todo volumen, hasta llegar a Portimao, segundo lugar de residencia. Desde allí a Tres Irmaos, Alvor, la playa de Dona Ana, Lagos, Benagil, Abandeiro, Sao Rafael, otra vez Carvoeiro y cientos de veces Portimao.

Quemábamos motor al pisarle y tomábamos las curvas casi a dos ruedas. Primero sufríamos y luego nos reíamos de nuestra temeridad. A 80, 90 o incluso a 100 km/h (si pillábamos una buena bajada) recorrimos el Algarve, sus playas, sus acantilados y sus pueblecitos pesqueros en el verano de 2012.

La Marinha, entre Armançao de Pera y Carvoeiro (Imagen de portada)

Estaba en el infinito. Donde se acaban todos los pueblos, las casas y los bosques. No veíamos el fin de aquella estrecha y mareante carretera. El Panda derrapaba y nosotros íbamos de lado a lado. Hacía calor pero sudábamos de la inquietud. Al final llegamos y aparcamos detrás de la señora que vendía melones. Bajamos del coche y nos asomamos al abismo. Impresionante. Nos quedamos sin palabras y se nos iluminó la mirada ante lo que teníamos enfrente. Vimos una preciosa obra de arte. La naturaleza y su arquitectura improvisada sobrepasó una vez más a cualquier diseño mental del hombre. Unas inmensas paredes cuarteadas de piedra delimitaban el descomunal acantilado que yacía a nuestros pies y acotaban dos pequeñas calas, en las que se respiraba vida y se escuchaba el silencio.

Por la mañana, solo una mujer naturista de peloso canoso acompañaba a nuestra paz en una de las semilunas de arena. Luego hubo algo más de movimiento pero se respetaba el sigilo que tanto necesitábamos. 10 minutos tumbados y ya no recordábamos Madrid. El agua transparente pero congelada del océano fue nuestro prozac natural y nos llevó a la calma más absoluta.

Luego, ya más despiertos, investigamos por la zona: escalamos alguno de los muros agrietados, nos colamos por grutas marinas, descubrimos dos preciosos arcos asentados en el Oceánico Atlántico y nos acercamos a todas las rocas gigantes, que alguna vez fueron brutalmente erosionadas y que hoy relucen como estatuas de museo. Nunca algo roto fue tan bello. Nunca una playa nos impresionó tanto por su belleza, por su grandiosidad y por su impagable sosiego en pleno mes de julio. La Marinha fue la más hermosa que vimos en el Algarve.

A Boneca, en Carvoeiro

En A Boneca, a las afueras de Carvoeiro, supimos que la Marinha no iba a ser algo aislado. Y días más tarde lo confirmamos. Toda la costa del Algarve está llena de monumentos naturales: grutas, cuevas, pasadizos, construcciones marinas, pedruscos inmensos. Así era esta zona. Aquí no había playa pero a esas horas ya no la necesitábamos. Otra vez bajamos y subimos acantilados, sorteamos varias caídas, miramos por ventanas de piedra la dimensión del océano y nos sentamos en la cima de la roca más alta junto a un pescador, a esperar la brisa y a pensar en nada. Hasta que el sol cayó por su propio peso.

Playa Dos Tres Irmaos, entre Alvor y Portimao

Es la playa de los Tres Hermanos. También está perdida, en una zona entre las fronteras de Alvor y Portimao y también fuimos en el Panda. Tardamos nada en llegar, y lo hicimos aún impactados con la Marinha y con grandes expectativas ya que Dos Tres Irmaos fue el primer reclamo que vimos en Internet desde Madrid. Un vídeo grabado en otoño nos sedujo y nos convenció. La realidad fue fiel.

La vista aérea era otra vez espectacular. Similar a la Marinha pero con identidad propia, la que le daba su también irregular estructura. En la comparación global quizás salga perdiendo Tres Irmaos, pero a su favor tiene que la arena de playa era algo más fina y que en el acceso al agua no había piedras. Son pequeñeces, porque ambas playas eran dos paraísos. Por cierto, tiene ascensor: lleva a los bañistas del cielo a la tierra.

La Prainha

Después de comer costillas tirados en el césped a la sombra de un pino, miramos qué había detrás del imponente muro de Dos Tres Irmaos. Nos costó llegar a algún sitio. Arriesgamos perder el tiempo y toparnos con nada, pero al final ganamos y descubrimos una extensa playa. Era más habitual y común. Parecida a la de San Juan en Alicante, por ejemplo. Con agua clara, arena refinada y mucho espacio para todos. Aprovechamos bien la tarde dormitando en las tumbonas de otros, comiendo bolinhas y luego tomando un zumo tropical de la zona mientras veíamos a un padre giri comerse un langostino tigre de unos 15-20 centímetros a eso de las 19:00 h de la tarde. ¡Qué cosas!

Playa Dona Ana, en Lagos

Había más gente pero no era nada agobiante. Dona Ana es la playa más importante de Lagos, por ese motivo había aquella relativa multitud. Teníamos grandes referencias y aunque abandonamos nuestro ideal de buscar playas remotas con el Panda, nos encantó. Era parecida a las anteriores playas vistas pero diferente. Es como el matrimonio con tres hijas, todas se parecen pero cada una tiene algo diferencial: el pelo, un lunar, los ojos, la fisionomía, el carácter.

En esta playa había un misterio: algunos valientes se atrevían a escalar una complicada pared y pasar al otro lado del muro. Nunca volvían. Nosotros subimos hasta lo alto del tabique, vimos un inquietante puente pero pasamos de movidas. Volvimos a las toallas a echarnos la siesta. Luego, atando cabos, supimos que los que iban por el muro volvían por el agua dando la vuelta. La madre que los parió y yo acojonado. Ella, abstraída.

El resto de la tarde la pasamos viendo a chavales autóctonos con un dialecto algo primitivo tirándose desde lo alto de un acantilado al agua. Se creían los reyes de la playa, incluso jadeaban a los ‘espectadores’. En ocasiones parecía un espectáculo preparado, aunque gratuito y con una elevada carga de peligrosidad para los protagonistas. No hubo heridos, por lo menos hasta las 19:10 h.

Ponta da Piedade

De camino a Lagos buscamos Ponta da Piedade. Es la mayor edificación natural del Algarve. Es como una ciudad monumental construida al azar por los procesos geológicos y las fuerzas erosivas del Océano Atlántico, que esculpió con el paso de los años un sinfín de formaciones rocosas creando un litoral de acantilados, arcos y cañones que parecen las ruinas de un enorme castillo de la Edad Media. Un faro, construido entre 1912 y 1913, corona el paisaje. Los barqueros de la zona hacen su agosto entre las grutas organizando viajes entre los mágicos pasadizos de la Punta de la Piedad. A nosotros nos bastó con ver el atardecer entre las ruinas.

Benagil

Benagil ni siquiera es un pueblo. Es una sucesión de casas de veraneo a lo alto de otra playa emparedada. Los amplios acantilados también protegían la zona y los recovecos de los muros servían de pequeñas calas casi privadas. Nosotros encontramos la nuestra para acampar con nuestras toallas y aislarnos del mundo detrás de un ‘menir’ marino. No encuentro la razón, pero aquella playa me incitó a bañarme en exceso pese a traer agua congelada, la misma (aunque ésta dulce) que me intentó robar una niña despiadada. Al final hubo paz y pasamos otro día de julio en la gloria, hasta que nos atacaron insectos negros, casi invisibles y altamente reproductivos. Ella se agobió.

Abandeiro

Con picores mentales y un aturdimiento extraño, nos montamos en el Panda en busca de más. Ya nos sabíamos las carreteras y caminos. Pero aquel día nos desviamos por uno inexplorado y encontramos otra maravilla: Abandeiro. Una playita en la que estaba el bar Pirata y una amplia cueva cuyo fin era de agua transparente. Tras la oscuridad, descubrimos una impresionante luz. Y una roca gigante. Salimos con premura de la cueva porque subía la marea y podíamos quedar aislados. A ella no le apetecía nadar luego vestida y con la cámara en una mano. Esperamos al atardecer y el atardecer nos esperó a nosotros.

Sao Rafael, en Albufeira

Nos pilló de camino al aeropuerto de Faro en nuestro último día en el paraíso portugués. Madrugamos para hacer escala en Sao Rafael, conocer su playa y relajarnos un par de horas antes de volver a la cruda realidad de Madrid. Allí fue nuestro último baño, sentimos una sensación extraña. Veíamos que todos llegaban a pasar el día y nosotros en minutos teníamos que coger un vuelo. La playa, una vez más, era esplendorosa. Era un coto privado de un hotel Resort. El nivel era evidente. Fueron nuestros últimos minutos de armonía.

Luego las prisas, las velocidades en el Panda, el estrés por dejar el coche y el percance en el aeropuerto. Casi perdemos el avión, pero esa historia me la reservo para las cenas de amigos. Lo siento, no se puede contar todo.

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