Las sobras no tienen por qué resultar anodinas. Todo lo contrario, son un reto para crear algo que nunca harías. El rendimiento en la cocina es vital en el día a día: optimizar los recursos existentes para lograr el mayor beneficio posible. Son principios de economía básica llevados a la empresa más pequeña que existe en nuestra sociedad: la casa. ¿Por qué tirar si se puede aprovechar?

Las madres son las grandes gestoras de estas ‘minipymes’. Durante nuestra existencia, hemos conocido multitud de ejemplos: ‘croquetas con las sobras del cocido de ayer’, ‘yogures caseros con la leche recién caducada’, ‘zumo natural con fruta medio pocha’, ‘arroz con cosas que había en el frigorífico’, ‘jamón York empanado’, ‘minitortilla francesa con el huevo sobrante de rebozar el pescado’ (bufff), ‘empanadillas de mil historias’, ‘macedonia de Dios sabe qué’… (¿Se te ocurren más?). Y así arreglaban una comida o una cena. ¿Por qué no?

Son ejemplos de toda la vida pero podemos ir más allá. Crear algo nuevo, apetecible, diferente. Niceto es un gran especialista en sacar partido a los recursos. Del caldo sobrante de la carne guisada que otros tirarían, te hace unas ‘patatas meneás’ para el día siguiente. De los últimos resquicios de bonito con tomate, te prepara una exquisita fideuá para un par de jornadas de trabajo. De cualquier caldo de marisco, una sabrosa sopa de pescado. De un trocito de jamón serrano casi seco, una bechamel multifunciones. De un filete de pollo perdido, una pechuga ‘villeroy’. De un poquito de paté atrasado, una salsa con base de nata para pasta. Siempre con arte, con gusto y sin riesgos absurdos (caducidades).

El otro día inventó una tapa extraña pero muy rica. La llamó ‘Rusos con sobras y algo de queso’. Tenía en el frigorífico pasta brick que se había quedado rígida y no permitía la manipulación, también calabacín algo pasado y seis albóndigas sueltas, de esas cosas que te traes de casa de tus padres y no sabes para qué. La pasta la quebró y la puso de base en un papel de horno. Con el calabacín hizo un poquito de pisto (tomate, pimiento y cebolla). Y las albóndigas las aplastó, las pasó por harina y las frió con algo de aceite. Montó la tapa en frío y la metió al horno con queso de vaca semicurado. No se fundió pero ganó en sabor. El resultado ya lo ves, un ‘pinchín’ fácil, rico, rápido y que te puede dar para cenar con una ensalada, por ejemplo, y sin invertir en exceso. ‘No todos los días se puede comer bogavante’, dice mi padre una vez al año.

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