Se empeñó ella. Yo llegué a casa a las 18:23 horas, con calor y cansancio, y vi el paquete descongelando en la cocina. Me dio algo de bajón. “¿Pescao?”. Yo venía pensando en una pizza casera al horno, en una hamburguesa gourmet, en salir a cenar fuera. En cualquier otra cosa pero ya no había vuelta atrás. La intenté convencer en la piscina, probé su resistencia, la hablé de Telepizza, hice mención al chino, también me acordé de Tommy Mel’s. Incluso llegué a chantajearla pero se mantuvo extrañamente firme. Luego, por la noche, me dijo: “Vete al salón que yo lo hago”.

Y lo hizo ella. Os cuento, porque fue rápido: primero puso la pasta a cocer y, mientras, doró el salmón en una sartén. Luego lo retiró y lo bañó en salsa de soja para, finalmente, darle otro golpe de calor al fuego. Cuando estaba al punto, lo sacó y presentó en el plato con semillas de sésamo por encima.

La pasta la rehogó con nata y sal. Luego la apartó y, con la nata sobrante en la sartén, redujo un vasito de vino blanco. Cuando la salsa estuvo espesa, la añadió a la pasta que ya esperaba en el plato. Otro toque de sal, algo de pimienta y se acabó mi descanso. En la mesa, vacilé pero se notó mi verdadero agrado. Le hice un par de fotos que me delataban. Estaba exquisito: suave, tierno, delicado y con un sabor distinto al salmón de siempre. Un plato selecto pero simple. Y, oye, que también hay que comer pescado en esta vida. Aunque aquel día yo tuviera de inicio otros instintos.

Luego, en agradecimiento a mi disciplina, me invitó a un helado del Smooy en la calle Alcalá, que nos recorrimos andando de arriba a abajo con nuestra tarrina rosa flúor. Apenas había gente pero aún así nos encontramos con conocidos. Mirada contra mirada y ya fue imposible escapar. El mundo es un pañuelo y Madrid un pequeño retal.

Ingredientes para 4: Cuatro piezas de salmón, salsa de soja, sésamo. 200 gramos de pasta (tallarines verdes), un brick de nata y un vaso de vino blanco. Sal, pimienta y ganas de conocer nuevos sabores.

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