Huele a carne y a fuego. ¿Qué ha pasado? Veo reyes, princesas, caballeros y nobles. Comerciantes, escribanos, canteros y traperos. También a santeras, moras, bailarinas… Los malhechores corren y los niños roban. Saludo al clero, me empuja una cortesana, me tropiezo y evito a un hechicero. Joder, ¡cómo me duele el cuello! Hay cientos de mesas y mesones, caballos y burros por las calles. Paja y heno, en el suelo. El humo tapa el cielo. Águilas, arcos, espadas y escudos de nobles o, solo, de armeros. Estoy rodeado. Me abrumo, me siento perdido, hay mucho griterío. ¿Yo quién soy? ¿Y tú? ¿Tú quién eres?

Estoy en Ávila Medieval. Al calor del carbón, rodeado de familia y de carne roja. También hay una chica morena con cara de gitana. Observo mis vestiduras y me palpo las mejillas. Me siento sucio. No encuentro un espejo. Tampoco quiero preguntar. El tabernero de frondoso bigote lanza un enorme pedazo de carne a mi vera. Sangra. Creo que es para mí. Todos me miran. ¿Y mi plato? ¿Cómo me como esto? Observo, me remango e imito. Estoy salvaje. También lucho con las manos por esas patatas machacadas a golpe de madera y tesón.

¿Cuánto hace que no almuerzo? No veo el límite. La joven gitana me mira asustada, aunque ese crío con rostro angelical consigue desviar la atención. Siempre será un gran aliado.

Un fin de semana de otra época

Las horas corren como el vino oscuro y quebrado de la cantina Hernández. Se cierra el cielo y ahí estoy yo sentado con esa otra gente, mi gente: dos meretrices disfrazadas de romanas y con pelo postizo, un caballero de la corte morada con aspiraciones de templario, una arquero, la señora princesa, su sirviente doncella, un pequeño vasallo y ella, esa gitana de pelo oscuro y ojos verdes que no me para de mirar. Toca un trovador. Todos ríen y beben. Beben y cantan. A veces también bailan. El pueblo está de fiesta: ha llegado la lluvia. Jamón, queso y arroz para olvidar los malos tiempos: las batallas perdidas, la sequía, el hambre, la peste y la esclavitud. Perdimos el norte, rogamos borrachos a los dioses y brindamos por los buenos tiempos que, dicen las viejas, están por llegar.

Luego desperté en otro mundo, con más guerras, más ignorancia, más pobreza, más esclavitud, más feudalismo, más desigualdades y más crueldad. Pero desperté con ella, aquella gitana del medieval. Y lo hice en tierra Astur.

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