Dicen que el cementerio de Caín está vacío porque la gente no muere, se despeña. Viven en el abismo, a pocos metros de una caída mortal. Aislados en invierno, pero abrumados en verano y primavera por la afluencia de aventureros que recorren la Ruta de Cares, la más conocida y una de las más peligrosas de Europa. Nosotros fuimos en septiembre, tras uno de los veranos más secos que se recuerdan en Asturias. Desde Caín a Poncebos: 12 kilómetros caminando por el borde del precipicio.

Playa de La Franca

El día antes de la nuestra partida a lo desconocido, nos relajamos en la playa de la Franca. Nuestra favorita. Había sol, 24 grados y poca gente. Por la mañana, la marea estaba alta y cortaba los túneles, pasadizos y cuevas que hacen tan especial a esta playa. El agua la convertía en mundana. Llegamos, nos tumbamos e incluso nos bañamos. Luego comimos tortilla de padre, cecina de la época Medieval y disfrutamos de la siesta, aunque creí despertar sin cuello. Al mirar al horizonte, aún con el ojo semiabierto, vi un desierto de arena y, muy al fondo, el mar. La marea había bajado. Cogimos la cámara y nos fuimos a la aventura como aquella vez en la que escalamos, exploramos y luego nos tiramos desde un acantilado para nadar en una construcción marina de agua helada. Esta vez el mar no nos dejó llegar tan lejos. Pero sí descubrimos una cueva nueva: oscura a la entrada, la luz se intuía al final, donde rompían las olas con tremenda fuerza.

Me aventuré a llegar al final y reconocer el terreno oculto. Fui con precaución, porque el mar estaba revuelto. Impactaba contra mí y contra las rocas del fondo. Ella se quedó en la retaguardia, esperando mi regreso. Llegué al otro extremo, donde ya un día habíamos estado pero ella no se quiso arriesgar. Corríamos el peligro de quedar aislados, así que regresé empapado, pero emocionado por la hazaña y la belleza de esta playa, que lo tiene todo: arena fina, agua clara, mar en calma, tranquilidad, la desembocadura del río Cabra, montaña, bosque, acantilados, cuevas, construcciones marinas y también nuestro recuerdo.

Por la tarde llegamos al Hotel Finca la Mansión, tras pasar por la casa en la que Belén Rueda perdió a Tomás. Y por la noche bajamos a Llanes a cenar por sus callecitas de otro tiempo. Una botella de vino después, nos miramos y suspiramos antes de dormir, conscientes de que ‘mañana’ era el día marcado: 11 de septiembre.

Nosotros y la Garganta del Cares

Amanecimos temprano y bajamos a desayunar, en silencio. Estábamos preparados, o eso creíamos. Estrenábamos chubasqueros, calcetines y zapatillas. Se notaba nuestra inexperiencia. “Son dos horas en 4×4 hasta llegar a Caín, donde comenzaréis la ruta”, dijo, a las 9 de la mañana, la recepcionista, que apreció nuestro estupor por el largo viaje. Llegó el guía y miramos a los lados, sólo íbamos nosotros dos. Mucho mejor. Arrancamos en un Toyota verde curtido en mil aventuras. Salimos de Llanes y nos recorrimos los Picos de Europa. Lo que pensábamos que iba a ser un viaje aburrido, fue una maravilla. Por el paisaje, por las curiosidades y enseñanzas del tal Josemi, por el verde del campo y el amarillo de sol. Y también por aquella pedazo de vaca asturiana que nos encontramos en medio del camino: ¡Yepa!.

Fue gracioso porque nos sorprendió en una recta, terrible si se hubiera aparecido en una curva. Pasando por el desfiladero de los Beyos y el Valle de Valdeón, ella, por hablar de algo, preguntó por la dureza y peligrosidad de la Ruta del Cares: “Esto es la montaña, no se puede garantizar qué va a pasar. Una caída desde esa altura, sería mortal”. Hubo un rato de mutismo tras las palabras de Josemi, el guía, hasta que llegamos al nacimiento del río Sella.

Con la salida del sol, nos vinimos arriba. Josemi nos inició la ruta en Caín (León) y nos dio los consejos necesarios además de un ‘chori-picnic’. Nosotros hicimos caso de casi todo, cogimos nuestros bastones, nos apretamos las vestiduras y pusimos la primera marcha: a caminar, a fotografiar todo y a alucinar con la belleza de aquel lugar. Arriba, abajo, al macizo central, al oriental o a los calcáreos. Allá donde miraras, todo era hermoso.

Cruzamos el puente de los Rebecos y el de Bolín, pasamos por Culiembro y su iglesia derruida y reconocimos la portiella de madera que separa Asturias de León. También alimentamos furtivamente a cabras montesas, comimos en una salida del canal de agua, esquivamos una gran piedra que cayó 500 metros al vacío, sufrimos por la escasa batería de la cámara y sudamos mucho, pero mucho, subiendo el alto de los Callaos. Sobre todo ella.

Al final, completamos los 12 kilómetros de caminata en casi 4 horas, ante el asombro de Josemi, al que pillamos llegando a Poncebos (Asturias) tras un largo viaje en ‘jeep’ para dar la vuelta por la cordillera. Prueba superada, adrenalina por las nubes y muchas ganas de más.

Y fuimos a más. No había descanso. Subimos hasta un mirador, ya en coche, para vislumbrar desde lo alto las playas de Toronda y Torimbia. Luego a los bufones de Arenillas, que oímos resonar en la inmensidad del mar, hasta que nos atacaron aquellas cabras de ojos transparentes y cuernos envalentonados. Por la noche ya, recuperamos fuerzas en Casa Poli.

De la cueva de Cobijeru a los Lagos de Covadonga

El tercer día amaneció muy gris, pero mantuvimos el ánimo. Esta vez nos vino a recoger Riu, un chico nacido en Avilés que tenía tres burros viviendo en su jardín de Llanes. Y nos adentró en las zonas más oscuras del Principado: las cuevas. La del Cobijeru, en el pueblo de Buelna y de origen kárstico, fue la que más nos atrajo. Con nuestra linterna frontal en la cabeza, penetramos en el interior de una roca gigante y descubrimos estalagmitas y estalactitas, pasadizos sin fin, pinturas misteriosas, sedimentos ancestrales, preciosos gours en tonos pastel, un volcán multicolor y, al final, las olas, que amenazaban con arrollarnos en una de sus fuertes colisiones contra las rocas.

Fuera de la cueva llovía, pero pudimos disfrutar de un entorno único. Nos sorprendió la playa del Cobijeru, porque no daba al mar sino al interior. Un fenómeno natural insólito. El agua penetra entre las rendijas de una gran roca caliza que se formó en la Era Primaria y crea una playa interior mirando hacia las montañas. Además, la erosión producida por la fuerza del mar creó en esta zona un puente rocoso y un sumidero por donde desaparece el agua para realizar un recorrido subterráneo. La que no desapareció nunca fue la que cayó del cielo aquel frío 12 de septiembre.

Los Lagos de Covadonga

Empapados nos fuimos hacia los Lagos de Covadonga, desafiando a la lluvia y a la niebla. Paramos en la Basílica, subimos a la Santa Cueva y bebimos de la fuente de los siete caños, mientras Riu nos contaba sus perversiones y las de sus amigos. Con el ánimo bajo por la espesura de la niebla, reanudamos el camino montaña arriba. Vimos de nuevo muy cerca el precipicio hasta llegar a los pies del lago Enol.

Descansamos en el refugio, probamos el queso Gamoneu y nos atrevimos a bajar a la mina de hierro de Buferrera, pese a la incansable lluvia. No nos rendimos. Volvimos otra vez a la vera del Lago Enol, después de ver a lo lejos el Brical, y comimos a los pies del agua, entre la espesa niebla y sentados en la puerta de una cabaña de pastores. Reímos con Riu y sus gracias, nos alimentamos y transgredimos la ley para acceder a una cafetería en coche. Después descendimos de la montaña, bajando con la sensación de que otro día volveríamos. Y nos fuimos a ver el puente romano de Cangas de Onís, el Pelayo empalmado y el lagar El Cerezo, donde conocimos las fases de destilación de la sidra. El último paso del proceso lo dimos nosotros, por la noche, en el JJ: cayeron otras dos botellas.

Las Cuevas del Mar, Lastres y casa

El día de la despedida amanecimos pronto, aprovechamos bien el buffet y nos compramos, en Llanes, un espejo redondo para casa. Un capricho precioso. Y con el maletero hasta arriba nos fuimos a las Cuevas del Mar, en Nueva. Una playa donde desemboca el río Cuevas y que se caracteriza por sus esplendorosas cavidades rocosas. Un rato de tranquilidad para pasar las hojas de nuestros viajeros libros.

De allí nos fuimos a Lastres, el pueblo donde el doctor Mateo se hizo famoso. Subimos hasta la cima y volvimos a bajar para ver la panorámica de esta ilustre villa marinera. Después, cogimos fuerzas en La Rula para afrontar el largo viaje de vuelta a casa. Hasta otra Asturias.

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