Ya avisé: “Nos trajimos mucho material de Asturias“. Y si no lo has probado, es porque no has venido. El queso de Cabrales está siendo nuestro mejor amigo en la vuelta al cole. Complementa nuestras ensaladas, le da un toque original a nuestros bocadillos de jamón serrano o de York, es la salsa que mejora nuestra pasta, la que mojamos con nuestros nachos, el pinchito con el que acompañamos nuestro vino blanco durante el aperitivo. Y es la base de nuestros hojaldres de septiembre y, quizás, también de octubre.

Este paso es muy simple. Niceto lo da en minutos y con una venda en los ojos si quiere. En una cazuela, pone a reducir nata para cocina. Luego le va añadiendo pedazitos de Cabrales hasta encontrar la intensidad adecuada. También sal. Lo deja espesar y ya está. Si la marca de nata es muy ligera se puede espesar con un poquito maicena o con huevo batido, esta última opción una vez retirada la cazuela del fuego.

Luego rellena los hojaldres y, en este caso, le puso cecina de caballo troceada encima, con una lasca de queso de Cabrales más. Al horno, unos cinco minutos y el volován queda crujiente y extremadamente sabroso. A ellos, nuestros amigos casados de Ávila que se comen las hamburguesas con gran gusto, les encantaron. Gracias Asturias y gracias por venir.

Y también de panceta

Estos hojaldres y el queso Gamoneu acompañaron al emperador que comimos aquel día con nuestra amiga del pelo recién cortado. Esta vez, Niceto añadió huevo batido para que espesara la mezcla una vez en el horno, por eso el color amarillo. Y el toque fue la panceta, previamente cocinada en una sartén sin aceite, junto con los torreznos que decoran el plato. Está de muerte, os lo juro. Y ella también. Y la de Valladolid, también. Y los casados, también. Y si venís, lo juraréis también. 

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