La Blackberry en medio de los dos. Un Marqués de Riscal para ella y un café con leche para mí, porque ya no podía más. Habían sido muchos antes y seguirían muchos después. Esta foto fue un momento de flaqueza en un fin de semana de vinos, de bodegas, de carne roja en Laguardia, de arroz con bogavante en Burgos, de palacios, de besos, de paz y de lluvia amarga en dos noches gratis entre viñedos. Os cuento.

Una imagen nos llevó a La Rioja, otra vez. Nuestra foto del ‘Peine de Chillida’, tomada en San Sebastián, fue elegida como la mejor en un concurso de fotografía de una revista de viajes. El premio: dos noches de hotel en el Palacio de Samaniego, un edificio imponente y señorial, de piedra fría y decoración ilustre. Dentro éramos nobles en el siglo de Oro, fuera simplemente plebeyos en la depresión que asola al siglo XXI.

Samaniego. Llegamos un viernes de octubre con la luna empapada y las espaldas cansadas del trabajo, de las horas de viaje y de la estrecha carretera final. Era tarde y había sueño, no hablamos demasiado, solo para pedir que pusieran la calefacción. Definitivamente ya había acabado el verano. El otoño se olía en los extensos campos de vides de La Rioja. Dormimos profundamente y nos levantamos con otro aire. Quizás fue el desayuno. O quizás fue ella.

El primer día lo pasamos en un cueva, la que construyó Eguren Ugarte en 1989. Bajamos a los nichos de la bodega, sentimos la humedad, olimos el paso del tiempo y vislumbramos, en el frío horizonte, las 131 hectáreas de viñedo propio que tiene el bueno de Ugarte. Luego, en la cata, probamos y criticamos como pseudoprofesionales del vino un Ugarte Viura 2011, un Ugarte Cosecha 2010 y un Heredad Ugarte Crianza 2009. Espectaculares. No dejamos gota ni pan con chorizo criollo a la brasa.

Chuletón en Laguardia

Haciendo eses andando y por carretera, llegamos a Laguardia. Precioso pueblo en alto, en el que ya habíamos estado: cuesta arriba y cuesta abajo. Pero repetimos en busca de un buen restaurante. Entramos en Marixa, porque nos llamó el menú. Pero al final tiramos de carta. Pedimos patatas a la riojana, un súperchuletón de 650Kg y casi crudo para mí, carnívoro de nacimiento, y un cochinillo recalentado para ella. Pobrecilla, lo que disfruté con mi plato caliente. Eso sí, se nos disparó alarmantemente el precio, pero mereció la pena.

Bodegas Marqués de Riscal y Logroño

Por la tarde, embriagados por los grados y hartos de la lluvia, nos acercamos a Elciego. Y no voy a hacer bromas. Fuimos a las bodegas Marqués de Riscal y nos deslumbró su estructura, la gran obra del arquitecto del museo Guggeheim de Bilbao, Frank O. Gehry, que ha convertido una de las bodegas más antiguas de La Rioja en la más ultramoderna, sin duda. Descansamos un rato las pupilas en la tienda-cafetería y luego repostamos vino. Allí, en las bodegas Muga y también en la Cune. Probamos algunos y compramos otros tantos para aprovisionar casa. A día de hoy, ya han caído un par de botellas pero aún queda un Marqués de Riscal y un Muga, creo. Voy a mirar.

Bodegas Muga

Bodegas Cune

De vuelta por Burgos

Tras cenar por la calle Laurel y calle San Juan de Logroño pinchos de tortilla y zapatillas, al día siguientes bajamos en ruta por Burgos. Parada obligada, como la otra vez. Paseamos entre el frío, vimos la catedral y buscamos lugar donde comer. En la misma plaza, para qué buscar más. Leímos Arroz con Bogavante en el que antes era el Tapelia y entramos. No hizo falta más, aunque antes abrimos boca con una ensalada César aromatizada con naranja. Muy rica.

Tres horas o cuatro después, con toda la paz de mundo alineando nuestros chacras, nos dirigimos hacia la capital: Madrid. Se acabó el relax, la armonía de los campos de La Rioja alavesa, la distensión del fin de semana. Se oscureció el verde paisaje y se cerró la noche. Volvieron las horas al reloj, los nervios al estómago y los ruidos molestos. Puto tráfico.

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