Huevos de oca con pisto

Aquí están, estos son. Vaya pedazo de huevos. Se me ocurren tantas tonterías. Sobre todo porque son los del vecino de mi padre. Pero ¡qué ricos estaban, qué grandes, qué blancos y qué brillantes lucían! Eran como dos de pato, cuatro de gallina y ocho o diez de codorniz. Por poner sólo símiles animales…

Nos comimos los huevos un día cualquiera de esos en los que te apetece pringar. Y pringar. Nos levantamos por la mañana y nos fuimos a comprar dos buenas hogazas de pan. La expectativa era muy grande, nos sentíamos muy bestias. Habíamos tenido los huevos en la nevera como un tesoro, como si hubiéramos apretado nosotros para sacarlos. Como si fueran de un dinosaurio extinguido, dos especies únicas. Hasta que llegó el día H: el día de Hacer los Huevos. Ya no había sentimientos, ni vuelta atrás.

Ella hizo el pisto con tomate, puerro, cebolla y calabacín y después cerró los ojos. No vio cómo casqué el primero, tampoco el segundo. Ni cómo los acomodé con sumo cariño en la cama multicolor de una fuente de barro de 30 centímetros. Sí, de 30 centímetros. Luego los miré, los salé con jamoncito serrano y los metí en el horno, ella abrió los ojos y se sentó. Pasó el tiempo, seis minutos a doscientos grados. Sólo había silencio.

Hasta que saqué la fuente y rompí la melancolía, la añoranza y el desconsuelo con un: ‘Cacho de huevos’. Volvimos a reír, hicimos fotos, nos acordamos del vecino y salivamos por el olor. La mesa estaba puesta y el pan cortado, sólo había que romper la yema, pringar y callar. Y callamos con la boca llena. “¡Qué ricos los huevos de tu padre”, bromeó ella. “¡Que son del vecino, coño!”, chisté yo.

Huevos de oca con pisto

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