Dune du Pilat

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Día 4: 6 de agosto. De Bayonne a la Dune du Pilat, Arcachón (180 km)

Cruzamos miles de pueblos remotos por carreteras de paso, pequeñas, estrellas pero con rollo. Siempre escoltados por los pinos marítimos del gran bosque de Las Landas de Gascuña, el mayor bosque de Europa Occidental con más de un millón de hectáreas. Lo cruzamos de sur a norte, para llegar desde Bayonne a la Dune du Pilat, pero antes paramos en un centro comercial perdido a desayunar otro ‘pain au chocolat’. Tranquilidad absoluta hasta que aquel hombre misterioso de cabello sucio y entramado nos alteró con su extraña conversación. ‘Au revoir, monsieur trés raro’.

Dune du Pilat(La Dune du Pilat)

Dune du Pilat

Recuperados, llegamos al parking de la duna (6 euros) a eso de las 11.30 o 12 horas. Había mucha gente, nos temimos lo peor: aglomeraciones. Sufrimos algún que otro atasco a la entrada del paraje y nada más subir a aquella tremenda masa de arena fina, pero rápido huimos de la masificación.

La Dune du Pilat (o Pyla) es de origen natural, mide 100 metros de alto (la más alta de Europa) y ocupa más de 3 kilómetros de la bahía de Arcachón, en la región de Aquitania. Es impresionante. Un desierto a la europea.

Dune du Pilat

Dune du PilatDune du PilatUna vez arriba y con el aliento jadeante, anduvimos horas para distanciarnos de la marabunta y sentirnos solos en aquel paraíso de arena. A la izquierda, divisábamos la inmensidad de Las Landas y a la derecha, la profundidad del Oceáno Atlántaico. La dualidad era bella y el día perfecto. Corrimos, saltamos, jugamos, comimos sobre la arena, bromeamos con ‘le marquis noir’ y descansamos una eternidad. Casi se nos hace de noche en el desierto. No nos queríamos ir y ya queremos volver.

Luego teníamos pensado dormir en Arcachón, pero tras una intensa cumbre en el McDonalds, con Wifi y todo, decidimos avanzar en nuestra ruta y nos fuimos a la siguiente parada: La Rochelle (250 km), para dormir en el puerto, mirando al mar.

La Rochelle

Día 5: 7 de agosto. De La Rochelle a la Isla de Ré (24 km) 

La Rochelle(La Rochelle)

En La Rochelle, cumplimos nuestros 1.000 primeros kilómetros de viaje. Un hito. Después de dormir en el puerto nuevo y ver, a la mañana siguiente, las torres del viejo nos dirigimos a la Isla de Ré, que está unida al continente por un puente de 2,9 km de largo construido en 1988. Y que ahora rentabilizan bien: 16 euros cuesta entrar en la isla. Pero nosotros ansiábamos la playa.

Isla de Ré

Isla de Ré(Le Bois Plage en Rè)

Después de unas horas de sol y algún bañito bien fresco para relajar tensiones, visitamos el pueblecito de La Couarde sur Mer. Por cierto, creo que nos picó algún bicho y otros varios lo intentaron. Dimos un pequeño paseo por allí antes de comer un trozo de quiche, espárragos y lo que aún nos quedaba de pollo empanado. Estuvo rico.

Coutarde

(La Couarde sur Mer)

Por la tarde fuimos a San Martín de Ré, la capital de la pequeña islita francesa (30 km de largo y 5 km de ancho de superficie). San Martín es elegante, fortificado y está comunicado por un pequeño puerto desde donde partían barcos hacia la Isla de Olerón. Nosotros nos quedamos tomando un chocolate en una terracita típica francesa mientras mirábamos los botes y la casa homenaje al cómic de ‘Las aventuras de Tintín y Milú’.

San Martín de Ré(San Martín de Ré)

San Martín de Ré

(El puerto de San Martín de Ré)

Después de comprar la sal típica de las salinas de Ré, subimos a lo alto de una torre para divisar corsarios. Pero sólo vimos ruinas preciosas, casas de pescadores, el sol cayendo al mar y el mar expandiendo su brillo.

San Martín de Ré(San Martín de Ré desde lo alto)

Día 6: 8 de agosto. De la Isla de Ré a Vannes (270 km) 

Playa de la Isla de Ré

(Le Pas de Boeuf)

En el sexto día, amanecimos todavía en . Aprovechamos los primeros rayos de sol en la playa de ‘Le Pas de Boeuf’ para colorear nuestro rostro y cuerpo, y luego partimos hacia Vannes, en el Golfo de Morbihan, el punto que marcaba el inicio de nuestro transitar por la Bretaña. Cada vez más cerca de ‘Le Mont Saint Michel’.

Casas de Vannes(Casas de Vannes)

Pisamos por primera vez suelo bretón a eso de las 15:00 horas de la tarde. Tras un diálogo y un descanso en el Kyriad Prestige, nos fuimos al centro de la ciudad que un día fue dominio de los duques de Bretaña. Bajamos hasta la muralla del siglo XIII, vimos la fachada de la catedral Saint Pierre y nos perdimos por los pintorescos barrios de casas de madera pintada. La Bretaña es así, antigua, elegante, costumbrista, tranquila y rebosante de encanto. Como ella, cuando quiere.

La fortaleza de Vannes
(La fortaleza de Vannes)
El foso de Vannes
(El foso de Vannes)
El puerto de Vannes
(El puerto de Vannes)

Restaurantes de Vannes

Cuando empezaba a caer el sol y a quejarse el gusanillo del estómago, llegamos, por la puerta San Vicente, a la plaza Gambetta. Enfrente estaba el puerto en el que acaba el río Marle, que antaño aseguraba largos periodos de prosperidad a Vannes gracias al comercio portuario (queda pendiente volver a Vannes y navegar por el golfo).

La zona estaba también ambientada por casas de colores, algunas del siglo XV, que ahora son caprichosos restaurantes o sugerentes creperias. En una de ellas, en la ‘Creperie du Port’, precisamente, degustamos con amplia sonrisa nuestra primera cena bretona del viaje: galette de salchicha y galette de bacon. Con vino. Un placer que supimos esperar.

Galette de Salchicha

(Galette de salchicha)

En el paseo final de nuestro primer día en la Bretaña, nos topamos con la casa del señor Vannes y su esposa. No la buscas, la encuentras en la esquina de la calle Rogue con la calle Noé. Las figuras están esculpidas en piedra y representan al dueño y la dueña de esta casa del siglo XVI. Ya se han convertido en un emblema de Vannes. Nosotros, este día, también dormimos en cama de bien.

La casa de los Vannes

(La casa de los señores de Vannes)

Ruta hacia la Bretaña (I): San Juan de Luz, Biarritz y Bayonne

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