Casas bretonas

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Día 10: 12 de agosto. De Ploërmel a Dinan (70 km)

Dinan es bella, culta, sabia, fuerte, bohemia y muy lustrada. Llegamos avivados por el día anterior, el del antes y el después. Y lo celebramos en un parque comiendo ‘jambon’ cocido y dos croquetas de supermecado, mientras mirábamos apenados a unas gallinas y unos faisanes encarcelados. Nosotros estábamos alegres, ellos ahogados. Cogimos fuerzas nuevas y, tras un café, subimos al centro histórico de Dinan, por alguna de sus callejuelas estrechas.

Les Cordeliers

(Les Cordeliers)

¡Oh, ‘Les Cordeliers’! Pasamos al histórico recinto donde se imparten clases y donde exponen artistas de todo ámbito: pintores, escultores, novelistas, fotógrafos… Todo bohemio y con una halo de amor, por la vida y la belleza. Debimos comprar aquel cuadro.

La mere Poulard

(La mère Poulard, en Des Merciers)

Luego paseamos por ‘la place des Merciers’, pasamos a la iglesia de Saint Malo, a la basílica de Saint Sauveur y a la Torre del Reloj, hasta llegar a aquel mirador desde donde se veía el valle, el puente y el río Range. Tranquilidad absoluta.

Río Range (Dinan)

(Mirador de las murallas)

Volvimos al centro, rodeamos el castillo y bajamos por la famosa e interminable ‘Rue Jerzual’ hasta el río. En la bajada admiramos las casas de colores y conocimos a la señora Nicole Medina, hija de un emigrante malagueño que huyó de la tiranía de Franco allá por 1940. Se emocionó al reconocer nuestro acento español. Y nos contó que aquella casa que mirábamos, la ‘tableada’, antaño era un establo de vacas. No pudimos imaginar cómo subirían los animales por aquella fina y alargada escalera.

La casa tableada de Dinan

(Casa tableada de la calle Jerzual)

Río Range (Dinan)

Impactados por ambas historias, descansamos a orillas del río Range, debatiendo dónde dormiríamos aquella noche. Al final y tras otra enriquecedora caminata por calles y parques sin salida, decidimos partir hacia Dinard, para volver a ver el mar.

Paseo por el monte

De Dinan a Dinard (24 km)

Dinard

No tardamos mucho en llegar y tampoco estábamos cansados. Cada lugar nuevo podía con el peso de los días, justificaba las noches en el somier, los kilómetros, las comidas de emergencia, las horas andando bajo el sol. Dinard también era un pueblecito encantador. Sólo pasamos horas, pero las disfrutamos dando un paseo por la ‘Grand Plage’, por el centro, viendo Saint-Malo al otro lado de la costa y, sobre todo, comiéndonos el mejor gofre de todo el viaje. Bueno, y de toda nuestra vida.

Gofre en Dinard

De Dinard a Saint-Malo (13 km)

Luego nos despedimos de esta preciosa estampa y nos fuimos a Saint-Malo, a pasar la noche fuera de Intramuros, y después de hacer una breve visita al hospital del pueblo. Cosas que pasan. Recursos y experiencias para contar, o tan sólo para recordar entre nosotros dos. No digas nunca nada. Por cierto, había mucha policía por los alrededores y nosotros nos sentimos delincuentes, escondiéndonos para hacer noche en la calle. Nos refugiamos entre caravanas, una vez más.

Dinard

Día 11: 13 de agosto. Saint-Malo

Amanecimos en Saint-Malo. Sin incidentes ni detenciones. Intercambiamos una mirada de complicidad con los de la caravana de al lado: “Todo correcto”, dicho con un gesto y sin ni si quiera saber de qué país eran. Reordenamos la furgonota, un día más, y buscamos un sitio donde aparcar, que no hubiera que pagar y cerca del Intramuros. Lo conseguimos. Antes o después, siempre conseguíamos todo.

Ahí lo veis. Saint Malo es espectacular: está amurallada (siglo XIII) de manera circular y cercada por el estuario del río Rance. Es clave en la historia marítima de Francia y hoy en día es uno de los lugares más visitados del país galo. Cuando entras por uno de sus arcos medievales te trasladas a otra época. Las calles son reales, son antiguas, son historia.

También nos dio tiempo a disfrutar de sus playas. Estuvimos tumbados en la de Môle, a la que accedimos bajando por una pared. Mítico. Fue después de volver del faro de la ciudad, en un recorrido que nos brindaba esta imagen de la fortaleza de Saint Malo.

Entremuros

(La ciudad Intramuros)

El Faro

(El Faro de Saint Malo)

Nos asombraron los movimientos de la marea. Cuando llegamos, veíamos el castillo de Saint Malo al fondo, a lo lejos y sólo era accesible por mar o aire. Al salir de comer, llegamos por tierra. Alucinamos. La marea había bajado en torno a 5-10 kilómetros en sólo unas horas. Así que visitamos el castillo, de propiedad privada y sin demasiado misterio. Era más agradable pasear por las callejuelas, disfrutar del aire libre, de las tiendas y de las vistas.

CastilloMirando al Castillo

Saint-Malo

Todo este paseo fue después de comer. ¡Qué maravilla! Esperamos 11 días hasta por fin zamparnos un kilo de ‘moules a la crème’. No serían los últimos. Un placer. Lo disfrutamos más aún recordando todas las latas de atún, de calamares en su tinta, de bocadillos y de comida precocinada que nos habían alimentado hasta ese momento. Aún veo nuestros ojos brillar. Y la pizza… con una nata amantequillada que reponía nuestras grasas perdidas por el camino. Fue en ‘Le Bristro de Cathy’. Quiero volver ya!

Moulés a la creme Pizza bretona con creme

Luego, ya recorrido mil y una vez el itinerario de callecitas medievales, fotografiamos a la gaviota; vimos bañarse y gritar a los niños en una piscina natural que surgía al bajar la marea y en frente de la muralla; y disfrutamos del caer la noche en lo alto del fuerte. Definitivamente, Saint-Malo es una de las ciudades con más encanto que hemos visto en nuestra vida. Nos fuimos al atardecer.

Gaviota en Saint MaloIMG_9162

De Saint-Malo a Cancale (17 km)

Llegamos ya por la noche, con un sólo objetivo: premiarnos con una mariscada por saber esperar el momento. Elegimos el mejor sitio: Cancale, famoso en el mundo por sus ostras y su marisco. No nos defraudó.

Mariscada en Cancale

Aparcamos en medio de un bosque y bajamos a la zona portuaria donde había una tira de restaurantes rebosantes de marisco fresco. Nos podía la ansiedad. Debatimos si cebarnos a ostras o aprovechar ese dinero para dormir en hotel: al final, nos salían las conchas por las orejas. Centollo, buey de mar, nécoras, langostinos, ostras, almejas de mil clases, quisquillas, vino blanco… Hasta las 00:00 de la noche pegándonos con las patas y las conchas de los moluscos. Aún recuerdo al dueño de ‘La Houle’, esperando con la escoba a que pelara mi última puta gamba. Ese hombre no sabía el hambre que había pasado yo esos días. De Cancale, no podemos contar mucho más. Hay sitios que se va a lo que se va. Y cumplimos (Mariscada+vino, 55 €).

Mariscada de Cancale

(La vista de Cancale)

Día 12: 14 de agosto. De Cancale a ‘le Mont Saint Michel’ (52 km)

Despertamos en lo alto de un monte tras una larga noche de mariscada y vino blanco. Como reyes. Nuestra primera vista fue la de Cancale y su muelle ostrero (imagen de arriba). Un buen comienzo para un gran día: el de la llegada a ‘le Mont Saint-Michel’, el epicentro de nuestro viaje. El punto más alto y también el más bello de nuestro recorrido.

Hacia Saint-Michel

Fuimos por una carretera secundaria: extraña, austera, solitaria. Puto GPS. Y paramos en una fábrica perdida de ‘canard’. Compramos confit de pato y el mejor foie que he probado en mi vida. Mereció la pena. Luego hicimos una parada para desayunar en un pueblo que ya no recuerdo, a pocos kilómetros de la mítica abadía. Estábamos muy nerviosos.

Hacia Saint-Michel

Aparcamos en un parking inmenso en torno a las 12:00 horas (unos 12€). No se puede acceder en coche hasta la isla, sólo en los autobuses habilitados en el centro de recepción o andando por la carretera que la une a Francia. Son 3 kilómetros, pero no nos importó. Fuimos a pie y en silencio, disfrutando de la vista y sintiendo el viento. Fue un paseo precioso. A cada paso que dábamos, se volvía más nítida la arquitectura de la Abadía y se disparaba nuestro corazón. Aquí está, ya estamos cerca!

Le Mont Saint Michel

El monte Saint-Michel marca la división entre la Bretaña Francesa y la baja Normandía. Físicamente es el principio y el fin; espiritualmente, la puerta del cielo. Su bahía está bañada por el océano Atlántico y destaca por sus mareas. Su alrededor pasa de desierto a mar en apenas unas horas. Es un fenómeno alucinante. Puede tener una baja marea de hasta 17 km. El islote es una circunferencia de 960 metros y el peñasco se eleva a 92 metros de altitud. El que sube está más cerca de Dios.

Accedimos a la piedra mágica por el arco de entrada y descubrimos que el monte sólo tenía una calle: estrecha y empinada. Llena de gente y de tiendas. Fue algo agobiante al principio por la densidad y por el estrés de llegar a tiempo a lo alto de la Abadía.

La calle de la AbadíaNos quedamos con ganas de probar la famosa ‘omelette’ de la Mère Poulard, hecha con nata y al horno de leña. Pero una tortilla de 30€ era demasiado pretencioso dentro de nuestro viaje ‘low cost’ y ya veníamos del exceso de Cancale. Nos resistimos y comimos un bocadillo callejero en lo alto de una repisa. Con ramas en la cabeza, los pies colgando y viendo subir entre alterada y cansada a la gente. Algunos nos miraban con envidia porque en toda la subida no había ni bancos ni plazoletas para descansar. La mañana fue intensa.

La Mere Poulard

(La Mère Poulard)

Minutos u horas después, en torno a las 16:00 h, llegamos al pie de la Abadía. Tuvimos suerte porque me ahorré los 9€ de la entrada con el carné de prensa y porque llegamos justo para la visita en español. Imprescindible para saber qué significa le Mont Saint-Michel, conocer su leyenda, su historia, sentir lo mismo que los monjes que lo habitan y entender su misticismo.

La AAbadía del Mont Saint MichelLa AAbadía del Mont Saint Michel

Algunos datos:

Los orígenes de la abadía actual deben situarse en torno a los siglos VIII o IX. Según la leyenda, en 708, un obispo de Avranches llamado Aubert habría construido un oratorio dedicado al arcángel San Miguel, tras habérselo pedido personalmente el arcángel en tres apariciones sucesivas. Es la entrada al cielo.

En el siglo XI sólo había una cincuentena de monjes, que son los encargados de construir albergues para los peregrinos.

Guerra de los 100 años: Se mantuvo inexpugnable, ya que los ingleses no pudieron conquistarla a pesar de sus continuos ataques. El estilo gótico flamígero prolifera en las construcciones de esta época. Hay una crisis económica y la abadía entra en ruina.

En 1791, los últimos benedictinos dejan la abadía a consecuencia de la Revolución francesa. Se hace entonces una prisión donde son encarcelados, desde 1793, más de 300 sacerdotes que niegan la nueva constitución civil del clero.

Declarado monumento histórico en 1862, el monte Saint-Michel figura desde 1979 en la lista del patrimonio de la humanidad de la Organización de las Naciones Unidas

En la actualidad hay tres millones de visitantes anuales, sólo un tercio va a la abadía. Hay hasta 20.000 visitantes por día durante el verano.

Salimos encantados y pensativos. Nunca antes habíamos estado tan cerca del cielo. Nos quedamos mirando desde alguna de las torres de la Abadía hacia Normandia, pensando quizás en un próximo viaje. Luego, descalzos, dimos un paseo por la tierra mojada que ya esperaba la subida de la marea. Estaba anocheciendo, aunque el tiempo no corría. Habíamos tardado 12 días en llegar y no nos queríamos ir.

Le Mont Saint MichelPero llegó el adiós. El viaje de vuelta, por carretera. Satisfechos. Con el objetivo cumplido. Habíamos llegado al punto más lejano de nuestro viaje, el que daba sentido a las horas de furgoneta, a las noches durmiendo en la calle. Ahora comenzaba el descenso. No había tristeza y sí ganas de seguir conociendo Francia. A nuestro aire, a nuestro ritmo. Con libertad. Disfrutando del verano. Primera parada de retorno: Fougères. Seguimos.

Le Mont Saint MichelRuta hacia la Bretaña (I): San Juan de Luz, Biarritz y Bayonne

Ruta hacia la Bretaña (II): La dune du Pilat, La Rochelle, Isla de Ré y Vannes

Ruta hacia la Bretaña (III): Carnac, Quiberon, Lorient, Josselin y Ploërmel

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