Fougères

Comienza el descenso. Ahora por el interior de Francia, con la misma fuerza y ganas de adquirir saber, de vivir experiencias, de conocer culturas, de reírnos, de hablar con desconocidos, de beber cerveza bretona, de abrazarnos, de fiarnos de los lugareños, de comer ‘galettes,’ y ‘palets’, y ‘moulés’ y de todo lo que se nos pusiera por delante.

Fougères

La primera parada fue espontánea, nos saltamos el guión y paramos en un pueblo de novela, Fougères, con un castillo medieval (del XII al XV) que preservaba los grandes caminos entre la Bretaña y Normandía. Para nosotros fue nuestro refugio en aquella noche de agosto, en la que ya sentíamos nostalgia por aquello que habíamos visto. Echábamos de menos Saint-Michel pero nuestro consuelo era todo lo que aún nos quedaba por ver.

Tras pasar la noche a los pies del castillo, desperezarnos y lavarnos la cara en un baño de calle, hicimos la pertinente visita a la fortaleza: con auriculares, cumpliendo las paradas y asombrándonos por las leyendas. Luego pusimos velas en la iglesia de Saint Sulpice, que fue construida en el siglo XI al sur del castillo y que es una de las más prestigiosas de Bretaña. La mañana era soleada y el cielo pintaba un azul claro intenso. Nos hubiera gustado parar el tiempo y tirarnos en el césped durante horas, pero ganaron las ganas de conocer Rennes. Seguimos con mucho ánimo.

Día 13: 15 de agosto. De Fougères a Rennes (50km)

“La pequeña gran ciudad de Rennes”, leí un día. Y cuando la pisamos lo descubrimos: es la Bretaña francesa en miniatura. Concentraba todo lo que habíamos visto hasta el momento. Es una ciudad representativa de toda una región entera. Un espejo amplificado con las casa bretonas viejas y de madera, que tanto nos habían ya encantado.

Rennes

Y también presenta mansiones señoriales con fachadas esculpidas propias de los siglos XV y XVI, que cercan el río Vilaine. De hecho, Rennes cuenta con 80 edificios, o partes de edificios, clasificados oficialmente como Monumentos Históricos. Nos encantó la plaza Sainte-Anne (arriba).

Río Vilaine

A Rennes, llegamos procedentes de Fougères al medio día tras comprarnos algo de comer y unas galletas bretonas por el camino. Descansamos algo en el Hotel Kyriad Nord (peor que el de Vannes) y nos bajamos andando al centro. De paseo, alegres hasta esa actitud….

Pasamos por el ayuntamiento (foto inferior), donde descansaban las masas en pequeñas sillas de madera, entramos en la basílica Saint-Sauveur y en la iglesia de Notre Dame y llegamos tarde a la catedral, que dejamos para el día siguiente.

Rennes

Recorrimos mil calles y dimos mil vueltas hasta encontrar el restaurante que nos había gustado en Tripadvisor para cenar. Cuando lo encontramos; ‘fermé’. Así que reemprendimos la búsqueda por la ciudad y volvimos a una callecita atestada de pequeños restaurantes hasta llegar a Casa Pepe: un italiano en Rennes. Nos gustó mucho. Cenamos, al lado de unos escandalosos españoles afincados en la ciudad, y pedimos lasaña de salmón, espinacas y queso de cabra; y pizza de magret de pato. Espectacular. Aquí la prueba visual.

Comida en Rennes Comida en RennesAl salir de Casa Pepe nos sorprendió la muchedumbre. Porque eran las 23:00 horas y porque todos miraban perplejos hacia la misma dirección: era un espectáculo de proyección sobre el Parlamento de Bretaña. Fue precioso y vibrante por cómo lo disfrutaban los lugareños. Las fotos salieron geniales y nuestra sonrisa quedó más natural.

El Parlamento de RennesAl día siguiente, tras una noche de descanso en una cama en condiciones aunque sin grandes lujos, nos fuimos directos a ver la catedral. Nos había costado mucho llegar hasta allí como para saltarnos tal monumento, referencia en la ruta de las catedrales francesas, como las de Nantes y Bourdeaux que veríamos días después. Por fuera era majestuosa con sus dos grandes torres, pero por dentro era muy especial, con sus coles ocres y oro. Oscura. Misteriosa. Con esas sillas. Fría. Rica. Imponente.

Catedral de Rennes

La catedral Saint Pierre: En su fachada se superponen las órdenes a ambos lados del emblema del rey Sol. La basílica románica posee una impresionante decoración neoclásica y un excepcional retablo gótico del siglo XV en madera dorada.

La catedral de RennesDía 14: 16 de agosto. De Rennes a Nantes (114km)

No fue un viaje largo y aunque ya pensaban los kilómetros seguían venciendo nuestras ganas de saber, de conocer, de ver y de disfrutar. Nantes es más señorial que Rennes. La catedral, St Pierre y St Paul, es tremenda. Más blanca, más elegante y más lustrosa que de la que veníamos pero ambas, a su estilo, son maravillosas. Cumplimos con la visita obligada nada más llegar para no llevarnos el susto de Nantes.

NantesAquí nuestro hotel era raro incluso feo. Creo que fue el peor. Estaba apartado y entrábamos mediante un código. Fue un lío tremendo pero cumplió su misión: cobijarnos un día. Por la mañana dimos un paseo tremendo e infructuoso buscando una oficina de turismo que resultó ser fantasma. En el recorrido pasamos por la torre de las míticas galletas LU y nos compramos un pan de chorizo. Después de comer el pan y también un bocadillo de sardinas con tomate (ay, Dios) y tras descansar un poquito en el hotel, cruzamos el río Loira para visitar la Isla de las Máquinas: un museo en movimiento, un laboratorio y una exposición-actuación de fabulosas máquinas que recrea los monstruos soñados por el escritor, poeta y dramaturgo francés Julio Verne, nacido en Nantes.

El gran elefante de 40 toneladas y 12 metros de altura puede cargar, en su vientre y en su lomo, hasta una treintena de pasajeros lanzados a explorar el río y la ciudad. Nosotros lo disfrutamos desde abajo porque no logramos entrada. ¡Es increíble!

NantesCasi empapados por las ‘babas’ del gran elefante, cogimos un barco para cruzar el caudal y llegar hasta Trentemoult, un mítico barrio de pescadores, acogedor y con preciosas fachadas de antes. Muy colorido aunque esperábamos mayor atracción. Allí nos comimos un delicioso helado de galleta artesanal.

Nantes Nantes(Barrio de Trentemoult)

Cuando caía la noche e incluso algunas gotas, entramos al Castillo de los Duques de Bretaña y dejamos nuestra impronta y recuerdo. Luego fotografiamos esta furgoneta que estaba en la explanada del castillo y que era la imagen perfecta de nuestro viaje. Al salir, ella casi se viste de traje de época en una tienda de antigüedades maloliente pero mística. Al final, salimos sin nada.

Nantes

(Dentro del Castillo de los Duques de Bretaña)

Y ese día paseamos y paseamos por los barrios de Nantes, sin rumbo pero muy observadores. Buscamos dónde cenar y acabamos en otro ‘casa Pepe’, porque ‘La Cigale’ era carísima y porque nos gustó la noche anterior en Rennes: pizza de vieiras y ensalada. Tensión y risas y de postre, un crepe de chocolate pero ya en otro sitio. ¡Cuánto disfrutamos! Por la noche llegamos hasta la gran grúalos aros de colores. En medio de la oscuridad descubrimos una carpa gigante con música donde tomar un vinito. Lo pasamos bien aunque el regreso al hotel fue inquietante, cuanto menos: sí, yo también pasé miedo.

Los aros de NantesDía 15: 17 de agosto. De Nantes a Bourdeaux (353km)

Atasco monumental en la autovía. Se hizo eterno. Quizás fue el peor momento pero, una vez más, lo superamos. Cogimos comida de camino en un Lidl, que tenían unos panes de sabores espectaculares. Y los degustamos en el hotel (Campanille). Luego decidimos ir con la furgoneta al centro y conseguimos aparcar: milagro.

¡Ay, Bourdeaux, es tan bello! Otra vez nos decantamos por la catedral como primer destino: Saint André, de estilo gótico y Patrimonio de la Humanidad como parte del sitio Caminos de Santiago de Compostela en Francia. Tiene un encanto brutal, por fuera y por dentro.

Catedral de Burdeos(Catedral de Saint André)

Tras la visita cultural, nos lo merecíamos: ¡una tarde de compras! Fuimos a la Rue Sainte Catherine, una de las calles comerciales más largas de Europa (1,2 kms). Había de todo, para todos y a todos los precios. El nivel de las tiendas iba de más a menos, de centro al extrarradio. Llegamos hasta el extremo, hasta el final, donde las faldas de tela costaban apenas dos euros. La plaza de la Victoria, con su arco, su obelisco de mármol rosa (16 metros de altura) y su tortuga gigante ponen fin a tanto capitalismo puro.

Calle Catharine(Rue Sainte Catherine)

Burdeos(Plaza de la Victoria)

Y volvimos a bajar por la ‘rue Catherine’ reprimiendo nuestras ansias porque apenas nos quedaba dinero. Vimos cantar La Marseillaise’ a unos recién casados que salían de a iglesia y ella se emocionó. Luego llegamos al centro. Entornamos el precioso Gran Teatro y compramos una botella de vino para Miguel Ángel enfrente.

Gran teatro de Burdeos(La Ópera de Burdeos)

En nuestro paseo, largo paseo, entramos en Notre Dame, subimos al monumento a los Girondinos, visitamos la plaza de Quinconces, bailamos a orillas del río Garona mirando el Puente de Piedra y llegamos hasta la plaza de la Bolsa donde los niños jugaban con el agua de los chorros que emergen del suelo. Allí también vimos al hombre de las letras del escultor catalán Jaume Plensa. Fue un  día precioso.

Notre Dame(Notre Dame)

IMG_9594(Monumento a los Girondinos)

Burdeos

(El río Garona y el Puente de Piedra)

Burdeos(Plaza de la Bolsa, el espejo de Burdeos)

Burdeos(El hombre de las letras del escultor catalán)

Hasta que su pie dijo basta. Le había picado un bicho la noche anterior y hora a hora se iba hinchando. Nunca le dejó de crecer y arder hasta que llegamos a Madrid. Aquel día cenó con el pie metido en un cubo de hielo ante el estupor de algunos remilgados franceses en el restaurante L’Ombrière. Nosotros nos reímos mucho ante nuestra ensalada y ‘moulés à la crème’. Luego, un helado y a dormir.

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Día 16: 18 de agosto. De Bourdeaux a Capbreton (168km)

Y Capbreton. Sí, fue el final. El final de un viaje eterno, maravilloso, aventurero. Muy recordado, muy utilizado, del que aún hablamos. El viaje que nos unió para siempre.

La playa de CapbretonLa playa de los Bunkers de Capbreton hiela la sangre más que el gélido agua del Cantábrico. Son los restos de los muros de cemento que levantaron a orillas del mar las tropas alemanas en la II Guerra Mundial para defenderse ante el posible desembarco de los aliados.

El tiempo, el mar y la arena han movido, volteado y abatido estas construcciones alemanas que antaño parecían impugnables. Ahora son ruinas, amasijos de hierro forjado y cemento que adornan fotos, que abren la boca a los bañistas, que estremecen a los melancólicos. Que están ahí.

La playa de Capbreton La playa de Capbreton Bunkers de la playa de CapbretonLa playa de CapbretonTumbado en la arena, es inevitable hacer volar tu fantasía. Miras a un lado y a otro y piensas en esos años de terror. Imaginas generales nazis, comandantes con bigote fino y soldados rasos merodeando por la zona, proyectando un plan de defensa, esperando a un posible ataque que les diera muerte a todos, quizás deseando dar utilidad a sus máquinas de matar. En definitiva, viviendo y sobreviviendo en la misma tierra en la que tú ahora juegas, descansas y disfrutas. Hoy los fieros y rectos soldados alemanes, son inocentes bañistas con sus familias. O recién casados. O recién prometidos. O niños que preguntan a sus padres. O padres que preguntan a los abuelos de esos niños. Es extraño. Especial. Ideal como broche final a un viaje perpetuo en nuestro ser.

La playa de Capbreton Con la caída del sol dijimos adiós. De vuelta a España, de vuelta a Madrid, de vuelta a la realidad tras un viaje de cuento. Terminó. FIN

La playa de CapbretonRuta hacia la Bretaña (I): San Juan de Luz, Biarritz y Bayonne

Ruta hacia la Bretaña (II): La dune du Pilat, La Rochelle, Isla de Ré y Vannes

Ruta hacia la Bretaña (III): Carnac, Quiberon, Lorient, Josselin y Ploërmel

Ruta hacia la Bretaña (IV): Dinan, Dinard, Saint-Malo, Cancale y ¡¡Saint-Michel!!

Ruta hacia la Bretaña (V): Fougères, Rennes, Nantes, Bourdeaux y Capbreton

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