Teatro romano de Mérida

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“Voy a pagar y nos vamos”. Habíamos cenado lubina y chipirones en un restaurante típico de Lagos (Portugal), impresionados por la destreza del joven camarero de unos 15 años que se desenvolvía en español, inglés y cualquier idioma que se le presentase. Esa había sido su infancia y esa será su vida. Se sentía bien entre las mesas, dando la cara ante los platos de su madre y cubriendo la ausencia de su padre. “Gracias, hasta pronto”, nos gritó desde la barra. Y nos fuimos.

Dimos un paseo por Lagos comiendo un pastel de Belem y comentando la curiosa conversación de los malagueños que cenaron a nuestra izquierda. En otro rato os la cuento. Hacía una buena noche aunque el día había sido largo. Regresamos a Alvor, a descansar a nuestro hotel. Pero al bajar del coche ocurrió la tragedia: “¿Mi móvil?”, pregunté sabiendo ya la respuesta.

No estaba, no estaba, no estaba. Pánico absoluto. Ni en el bolsillo donde siempre aguarda, ni tirado en el coche, ni en su bolso. Nada. Muerte. En el viaje de vuelta y desesperado a Lagos, ella conducía y yo llamaba con su móvil al mío. No había respuesta. Seis tonos, diez llamadas. Era el final. Corre. Me podía la ansiedad, no podía pensar. Quizás hasta lloré en algún momento mientras pasaban todas mis fotos por el Itunes de mi cabeza. Mis notas, mis correos, mis canciones, mis contraseñas, Twitter, Facebook, Instagram. Mi privacidad, mi vida expuesta. Y sobre todo, mis puntos del Candy Crush. Quería morirme. Joder y mis grupitos del Whatsapp: era el fin de mi vida social. Ya lo veía malvendido en una plazoleta del sur de Portugal. Me acordé de los de Málaga y me culpé por mi despiste. Quería fustigarme. La media hora de viaje a todo gas fue interminable. Las curvas eran rectas y las rectas, pistas de despegue. Lo veía todo negro y cada vez me dolía más la cabeza. Ya nada tenía sentido sin él. Me había quedado vacío.

“¡El Iphone!”, gritó el joven camarero al verme entrar en su restaurante apresurado, desencajado, abatido y casi al borde del suicidio. Quise besarle cuando me dio el movil pero me reprimí. Le dí mil gracias, aún así parecía él casi más feliz que yo. Impresionante. Vuelvo a creer. Aún queda gente buena, y gente que no necesita ni un Iphone, ni un smartphone para ser feliz. (Autocrítica sobre la importancia que le hemos dado a un aparato).

Alvor Bahía

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Habíamos llegado un día antes, el 17 de abril, al hotel Alvor Bahía. Era Jueves Santo pero allí no olía a vela quemada, ni llovía, ni había capuchones por doquier. Al contrario: olía a crema de zanahoria, lucía un sol espléndido y había un montón de niños correteando por todos los lados entre las sillas del chiringuito y tirándose a la piscina.

Era otra manera de vivir esos días. Nosotros necesitábamos desconexión y por qué no, también reflexión pero de otra manera. La tumbona fue un bálsamo aquella tarde, después de comer en nuestro súper apartamento alguna lata y rodajitas de ese salchichón de ciervo que adquirimos en el camino por Extremadura. Fue un viaje de siete horas hasta llegar al Algarve.

Por la noche, tras el merecido descanso, nos fuimos a pasear y a cenar a Alvor, pueblo que ya conocíamos de nuestro primer viaje al Algarve en un Fiat Panda. Cenamos en el Buganvila, apartado de la zona más turística y de buena calidad. Ella se comió una dorada a la brasa, yo carne a la piedra. No tengo remedio. Luego dormimos fundidos. ¡Qué cansancio!

Viernes 18 de abril, el día que nació Hugo

Playa Dos Tres Irmaos

Ya lo veis. Así empezó el día de la tragedia nocturna, con una maravillosa mañana en la playa Dos tres Irmaos, una vieja conocida. Pese a pisar por donde ya un día habíamos pisado, nos recorrimos todo el entorno, por arriba viendo el paisaje y por abajo descalzos en la arena. Luego relax, al sol, con el silencio, la brisa y ella. Este sitio es un auténtico espectáculo.

Dos Tres Irmaos

Allí comimos algo del buffet de por la mañana y cualquier cosa que nos llevamos de Madrid. El reloj se había quedado sin horas, solo la marea nos avisaba de que pasaba el tiempo. Y otra vez silencio. Y allí, tumbados mirando el horizonte, nos emocionábamos al saber que había nacido Hugo. Ya somos uno más.

Luego nos tomamos un café en el mítico Caniço, con privilegiadas vistas, y nos volvimos al hotel: ducha, Wifi, colonia y a cenar a Lagos. Fue noche de pescado, lubina (7,5 €), chipirones y de postre, el telefónico susto ya contado. Ahora me río.

Sábado 19 de abril, de la fortaleza al cabo

Fue un destino nuevo. Impresionante. Las vistas del cabo San Vicente son insuperables: es el extremo de Europa, donde acaba el continente, el punto más al suroeste. Hubiera pagado por que nos hubieran hecho una foto aérea o por satélite para tomar consciencia de dónde estábamos. En Google Maps parecía que nos caíamos de la tierra al mar. Precioso.

Primero gastamos carrete desde la fortaleza de Sagres y desafiamos al viento con un largo paseo bordeando los enormes acantilados. Inspeccionamos la zona, motivamos a los pescadores, nos hicimos mil selfies con mi móvil y también con el suyo y miramos muy lejos. Muy, muy lejos para ver el gran faro del cabo San Vicente al otro extremo.

Cabo San Vicente

Fortaleza de Sagres

(Desde la fortaleza de Sagres. Todo el Cabo San Vicente. Al fondo, el faro)

Y entre medias de la fortaleza y el faro, descubrimos la paradisiaca playa de Beliche. Surferos silenciosos, tranquilidad máxima. Tomamos el sol, comimos, dormimos y hasta nos bañamos en sus gélidas aguas. Por la tarde, nos tuvimos que ir de la playa porque la marea nos cortaba peligrosamente el acceso, aunque apuramos.

Playa de Beliche Playa de Beliche Playa de Beliche

(Playa de Beliche)

Sobre las seis llegaron las nubes y el dolor de cabeza. Lo combatimos con una coca-cola, una pastilla y un par de helados, pero no pudimos luchar contra la lluvia que nos impidió ver ese maravilloso atardecer desde el faro. Nos queda pendiente. Volvimos de noche y con lluvia a Lagos, tras pasar por Luz. Esta vez cenamos en la famosa Casinha do Petisco, siempre llena, siempre con cola, siempre deliciosa a su manera. Si vas a Lagos, es imprescindible comer o cenar allí. Son muy bestias y la salsa de los langostinos es divina.

Faro del Cabo San Vicente

 (Faro del Cabo San Vicente)

Desde el Faro

(Desde el faro del Cabo San Vicente)

Domingo 20: playa de Dona Ana, la Marinha y Augusta Emerita

El día nació nublado, pero no hay quien nos pare. Era abril y habíamos tenido tres días de sol en piscina y playa, ¿qué más podíamos pedir? Pues más sol. Así que nos fuimos a buscarlo, primero a la playa de Dona Ana, cerca de Portimao, y luego a la Marinha, la más bella que jamás hayamos visto. Y a ratos lo encontramos.

La MarinhaLa Marinha

La Marinha

(La Marinha)

Mérida

Llegamos de noche, ese mismo domingo. El viaje fue largo y pesado. Vuelta de Semana Santa, no había mucho tráfico pero diluviaba. Eran las 22:00h y rápido nos fuimos a cenar donde no recomendaron en nuestro hotel (Vettonia). Prueba de cerdo (picadillo), jamón ‘ibérico’ (ponía) y lo mejor, torta del Casar. Qué delicia! Luego alucinamos con el templo de Diana. Ahí en plena calle, a la intemperie, solo, aguantando las horas. He aquí. (Foto del día siguiente, con luz y bajo la inminente tormenta).

Templo de Diana

 (Templo de Diana)

Por la mañana teníamos mucho trabajo, ella y yo. Había tantas piedras que ver, que no sabíamos ni por donde empezar. Primero el Anfiteatro romano y ¡Oh, Díos mío! Después el Teatro. De menor a mayor. Precioso. No me cansé de disparar. Y la lluvia nos dio una tregua para permitir nuestro deleite.

El Anfiteatro romano

(Anfiteatro romano)

El Teatro romano El Teatro romano

(Teatro romano)

Antes de comer, una señora alteró nuestra ruta empeñada en que fuéramos al Acueducto de Los Milagros en ese preciso momento, porque “con sol está precioso”. Tenía razón. Esta foto va por usted.

Acueducto de Los Milagros

(Acueducto de Los Milagros)

Y también nos dio tiempo a visitar la cripta de Santa Eulalia, con mis tripas rugiendo. “Eulalia fue una niña emeritense martirizada en la ciudad durante las persecuciones ordenadas por el emperador Diocleciano entre el 303 y 305 d.C…”. Leer más

Cripta de Santa Eulalia

(Cripta de Santa Eulalia)

Tras dar mil vueltas porque todos los sitios que nos recomendaban los lugareños estaban cerrados (lunes), comimos un par de raciones en un local de pinchos. Fueron amables, la comida no merece especial reseña. Pero sí me acuerdo que granizó. Nosotros lo mirábamos desde la ventana asustados y sin paraguas. Ya nunca dejaría de chispear aquel día. Y así, a las malas, vimos el Puente romano, la Alcazaba, la Casa de Mitreo, el Circo romano y el Acueducto de San Lázaro. Todo merece la pena, aunque me quedo con el templo de Diana y el Teatro. ¿Y tú?

Puente romano

 (Puente romano y Puente de Lusitania al fondo)

La Alcazaba

(La Alcazaba y la lluvia)

Casa de Mitreo

(La Casa de Mitreo)

El Circo romano

(El Circo romano)

Acueducto de San Lázaro

(Y para finalizar: el Acueducto de San Lázaro)

Volveremos alguna tarde de sol. Porque nos faltó poco por ver, pero mucho por comer. Y porque ella quiere, ¿no?

 

 

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